El montuvio de Manabí

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Al montuvio de Manabí solo se lo conoce de frente: frente a él y a su tierra. Al montuvio de Manabí se lo entiende cuando en medio del monte se convierte en dueño de su propia parcela; cuando, con su mujer, su burro y su machete, se lanza a un trozo de la montaña, junto a un estero, y ahí lo tiene todo. 

De ahí que el montuvio es siempre generoso, nada le falta y todo lo comparte. En su casa sobran bototos, sombreros, frutas, yuca. Su mundo lo hace con las manos, con la ‘quincha’, una mezcla de paja y lodo, que sostiene las cañas de su vivienda; su terreno alberga frutos, vegetales y animales domésticos que le dan sustento; su sabiduría y creatividad le permiten resolver su vida por sí solo, obviando los avances tecnológicos de la agricultura, pues mantiene sus instrumentos eternos, muchos de los cuales consigue tal como se los regala la naturaleza.

Con un palo, una rama, una calabaza se abastecen del entorno como pocos en el mundo de hoy

El montuvio escapa a las denominaciones raciales: es heredero de su cultura, no importa cuán rubio y de ojos azules sea, ni cuán africanas o americanas luzcan sus facciones. Lo definen su habla, sus costumbres y su libertad. Con su ropa planchada no importa lo difícil que sea la labor en el campo, con su idiosincrasia inocente -nunca ingenua-, el montuvio manabita no es más que identidad, un ser único que se refleja en su andar, en su existencia despreocupada, en su entrega a su tierra, en su día a día.

Equipamiento Montuvio

Sombrero de paja toquilla

Sombrero de ala ancha, tejido a mano. Imprescindible. Puede andar descalzo, pero jamás sin sombrero.

Machete, eterno compañero

El machete al cinto lo acompaña en el camino y lo protege de la hostilidad del bosque, le ayuda a crear senderos, lo defiende de culebras. Con el machete, el montuvio hace parir la tierra. Es su utensilio insigne, el cual domina a la perfección con toda una línea de movimientos de muñeca para solucionar todo lo que sus manos no pueden.

Hamaca de mocora

Cuando el montuvio se acuesta en su hamaca se entrega al vaivén del mundo y empieza a hablar, a contar, a recitar, deshilvanando las vivencias del día a día en cada mecimiento; soñando con el campo, sus amores, sus trajines, sus historias, los mitos y las leyendas, las cuales lo adormecen con el viento.

Su casa

En medio de palmeras grandes de mocora, árboles de cacao, de mango, de muchas frutas, se levanta la casa montuvia. Alta, pintoresca, con ventanas que se abren hacia afuera; casa de caña y madera, taladas siempre en menguante. En épocas de calor el interior se mantiene fresco y, si hay brisa, las paredes abrigan.

Cutarras

Estas sandalias de cuero son el calzado insigne del campesino manaba; para laborar en la tierra, defiende sus pies de asperezas y espinas de monte.

El Garabato

Acompañante ineludible del machete: un palo que se escoge por su forma natural, con un gancho corto (cual una hoz) en la punta, que ayuda a despejar maleza o apisonarla para mejor segarla, evitando acercar las manos donde cunden las serpientes venenosas.

Espeque

Utensilio agrario, un palo recto con punta, utilizado para perforar la tierra y echar semillas en ella.

Horqueta

Un palo en forma de “y”, que sirve de freno para el ganado: se coloca sobre el cuello de la vaca o buey para que no se mueva.

Plazarte

Una hermosa palabra para nombrar al bejuco, lo suficientemente fuerte, largo y flexible para servir de látigo.

Bototo

Al ir al campo el montuvio lleva agua en su bototo, una cantimplora hecha de una fruta circular llamada “mate”, más útil (y menos cancerígeno) que una botella de plástico, pues mantiene fresca el agua. El matiancho cuenta es la misma fruta pero cortada en la mitad (la otra mitad es la tapa), usada para recoger agua para labores del día a día.

El burro

El burro es el más común de los medios de transporte montuvio (seguido de la mula y el caballo). No es raro ver al burro apeado afuera de un local o de una casa, esperando a su ‘sancho’ que lo lleve tierra adentro, a donde él disponga. Con un ‘sh’ el burro se detiene, con besos, avanza.

Con la «V» de Montuvio

En diciembre de 2014, la vigésima tercera edición del Diccionario de la Real Academia Española imprimió “montuvio” con uve; por primera vez en la historia. Antes, para estar en regla, la palabra se la escribía con ‘b’ (larga), y si bien uno de sus significados era “habitante de la costa ecuatoriana”, existía la ambigüedad de la otra acepción: la de “hombre montaraz y grosero”. El devenir de montuvio con uve podríamos adjudicarlo a la pluma del escritor guayaquileño José de la Cuadra, quien concienzudamente optó por escribirla de esta manera. Gracias a su ensayo “El Montuvio Ecuatoriano” podemos empezar a entender por qué obvió la ortografía común, considerándola errónea, pues no reflejaba un significado, sino una perspectiva: de burla, escarnio o incluso celebración, con motivos ideológicos. De la Cuadra fue tajante: su “montuvio” era real y su forma de escribirlo, también. Pero nadie le siguió la corriente y montubio con “b” se enraizó en nuestros textos, hasta que el catedrático Ángel Loor Giler luchara por reinstaurar el “montuvio” verdadero, no el “montaraz y grosero”, sino el jovial y generoso habitante de la costa ecuatoriana. Y gracias a él, tenemos licencia para escribirlo como debe ser.

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