El Capricho: golosinas con cariño

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Nadie es más feliz que Maritza Cabeza cuando prepara sus cocadas. Usualmente lo hace a partir del martes por la tarde. Los lunes, en cambio, viaja a Borbón para conseguir ingredientes y materiales para sus golosinas: pasas, chocolate, coco y fundas para envolverlas.

El carbón para la paila y la caña de azúcar, que es un componente principal, los obtiene del patio de su casa. Su familia y otras siete más viven en El Capricho, una comunidad cuyo nombre se deriva de un antiguo aserradero que funcionaba allí hace más de veinte años.

Foto: Martín Jaramillo.

De la caña, Maritza obtiene el jugo que luego transforma en miel. Y ese es el toque diferenciador de sus manjares: no tienen azúcar procesada y están hechos, además, con todo el cariño que ella le pone a su oficio. Aunque sus labores empiecen generalmente a partir de las 4h00 y terminen a eso de las 20h00, luego de horas de mecer los ingredientes a fuego lento en una ancha paila de bronce, a ella nada la relaja más que preparar este dulce energizante.

Por eso, cuando se la visita en su taller, lo primero que uno ve, antes de probarlos, es su sonrisa luminosa y hospitalaria. Así da gusto comprar sus delicias y quedarse en la conversa al pie del río.

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