El Barranco: Un río cuenta su historia

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Cualquier escalinata pública bañada en graffiti es buena para coronar un paseo del centro histórico de Cuenca en El Barranco, el parque lineal más accesible de la ciudad, tal vez su rincón más pintoresco, por no decir su atracción central: un talud de añejas mansiones que bordea la ribera norte del Río Tomebamba.

Si seguimos nuestro camino fuera de El Vado, podríamos bajar las escuetas gradas a un costado de la Cruz, o caminar hacia el oeste y bajar por El Otorongo para realizar un recorrido más o menos completo del sector histórico, en dirección este, o como dirían los cuencanos, «aguas abajo». En unos años, conociendo el afán de los cuencanos de remendar construcciones envejecidas, este barrio, donde antiguamente se comercializaba el carbón, podría convertirse en un hervidero de jóvenes y lugares qué ver y visitar.

Por ahora, sólo cafés, Otorongo y Magnolia, comparten una plaza inusualmente grande y despejada, atendiendo durante el día a estudiantes de la Universidad de Cuenca, que queda a algunos metros más al este, cruzando el río. Hay que notar, sin duda, que si bien algunos discuten el grado de afrancesamiento de la ciudad de Cuenca, el río en sí se presta fácilmente a las analogías, quizás demasiado fácilmente.

Los puentes, la mezcla entre nuevos puentes y puentes antiguos, están empezando a recordarnos peligrosamente a París.

Por supuesto, la comparación no es del todo ajustada, ya que el Tomebamba es un río mucho más amigable que el Sena. Uno tiene ganas de sacarse los zapatos, mojarse los pies, se ve y se siente tan limpio; niños juegan rayuela saltando las piedras de las orillas, éstas, herbosas, prestas para que te recuestes, prepares un picnic, te reúnas con amigos. ¡Recordando aquél clásico lienzo de Seurat!

Fotografía: Jorge Vinueza.

El lado más pintoresco y romántico del Tomebamba es, sin duda, su lado norte, a través del cual se ha construido un paseo de adoquines y colocado luces que por la noche iluminan el gorgoteo del río. Las partes traseras de las residencias de la Calle Larga llevarán a más de un caminante a pensar, «si sólo fuera esa casa mi casa…».

Algunas personas, sin duda, ya han caído en la tentación y están en proceso de reha- bilitar alguna mansión olvidada, pero la mayoría de las casas lucen desvencijadas, lo que, a decir verdad, y en el fondo, le da tanto carisma al recorrido, con sus magníficas vistas y su arquitectura señorial. Una de ellas, La Casa de los Arcos, se encuentra directamente al frente de la Universidad de Cuenca.

Uno puede continuar el paseo sin prestarle demasiada atención a las atracciones «turísti- cas» del Barranco, ya que la mera experiencia de caminar a lo largo del río es inspiradora en sí misma, pero también, por qué no, se puede echar un vistazo a galerías de arte y diseño en la Esquina las Artes de la otra orilla. A pocos metros de las atractivas escalinatas que llevan a la calle Benigno Malo, está la Zoociedad, una construcción maltrecha que en realidad es un sitio de reunión y tertulia, mientras el Inca Lounge, más adelante, tiene la impresión de ser mucho menos bohemio. El Hotel Crespo, uno de los clásicos del hospedaje en Cuenca, es una enorme construcción mostaza, escalonada por sobre la ladera del río, cuya pared lateral y estrecha escalinata figuran graffitis menos escandalosos que en otras paredes.

El Vado. Fotografía: Jorge Vinueza.

No sabemos que se ofrecerá a lo largo de El Barranco conforme pase el tiempo, pero por ahora una de las atracciones principales es el CIDAP, una residencia patrimonial que se ha convertido en el pequeño, pero atractivo, museo de artes populares, con exposiciones temporales (cuando pasamos presenciamos una muestra de máscaras de toda América) y su colección permanente.

Junto al CIDAP, otras gradas con más graffiti, llevan de regreso a la calle Larga, pero uno puede continuar hasta el monumento del Puente Roto, un puente sorprendentemente robusto que fue despedazado por los aguajes del 1950, que junto con éste, se llevaron 12 puentes más. Nunca fue reconstruido y representa una de las ruinas más especiales de la ciudad.

La pendiente del Barranco se nivela a medida
que caminamos hacia el este, hasta llegar al
puente Molinas y las ruinas de Todos los Santos,un pequeño espacio verde donde se puede ver
tres nichos de piedra incásicos y un molino de
agua colonial. Por supuesto, uno puede continuar, pues los ríos de Cuenca «no terminan». El 
punto de interés más cercano después de esto se encuentra en la unión de los ríos Tomebamba y Yanuncay, conocido como el Paraíso.

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