Cuenca, patrimonio vivo

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A finales del milenio pasado, en 1999, Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si uno fuera a pedir razones, podríamos hablar del talento ciudadano que ha logrado preservar arquitectura, cultura, tradiciones y más, en medio de una existencia cotidiana y moderna. Incluso cuando se considera el hecho de que la ciudad fue construida bastante después de conseguir la independencia de España en el siglo 19, la estructura octogonal, establecida en la década de los 1520 por el rey Carlos V para todas las ciudades coloniales españolas —aquello que la UNESCO llama «el éxito en la implementación de principios renacentistas de planificación urbana»— no sólo se ha respetado, sino que es indiscutiblemente el corazón palpitante de la ciudad, donde los ciudadanos trabajan, viven y pasan su tiempo libre.

Quizás uno de los ejemplos más elevados de este patrimonio, especialmente para quienes la visitan por primera vez, es el hermoso Mercado de las Flores de la calle Mariscal Sucre, entre Benigno Malo y Padre Aguirre. Uno se siente, en primer lugar, cordialmente invitado a sentarse en uno de los bancos de piedra circulares de la plaza para sentir la grandeza de esta herencia patrimonial, cuyos ejemplos ocurren al mismo tiempo y en un mismo lugar.

Tenemos un claustro y una catedral, espalda con espalda: dos monumentos antagónicos, uno blanco y sencillo, construcción tímida habitada por monjas carmelitas que no sólo evitan el público, también los zapatos, y sólo de vez en cuando se asoman al balcón. Al otro lado de la calle, un gigante neogótico que puede recibir a 10.000 fieles bajo su atrio de magníficas cúpulas.

Carmelitas. Fotografía: Yolanda Escobar.

La iglesia carmelita es, en sí, uno de los pocos edificios coloniales que quedan en pie en Cuenca. Contiene numerosos ejemplos de arte colonial anónimo que muestran una mezcla fascinante de imágenes seculares y religiosas. Ellos son un flamante testimonio al fenómeno del sincretismo durante la colonia española, así como uno de los pocos ejemplos de la arquitectura barroca en Cuenca. ¡Probablemente no hay otra fachada barroca en la ciudad! ¡Obsérvese además todos los espejos en el interior del templo!

Al lado izquierdo de la pared, verás una puerta baja y dintel de piedra que llevan a la imagen de Nuestro Señor de la Justicia, pintada sobre la cara de una enorme piedra. Los transeúntes entran para ofrecer una vela, orar o persignarse ante Su Imagen, o, más a la izquierda de esta instalación, comprar diferentes productos alimenticios, curativos y cosméticos hechos por las monjas de clausura y vendidas a través de un torno.

Las monjas carmelitas rara vez dan la cara. Dicen que en su reino oculto hay un hermoso patio colonial, artesonados conmovedores, grandes colecciones de arte, esculturas

y artesanías. Producen una serie de curas especiales que venden solo por pedido, pero las recetas más populares las consigues en una tienda exterior a lo largo de la pared encalada del claustro. Ahí se ofrece la famosa agua de pitimás, que transeúntes compran y beben a toda hora. Si preguntas por qué, te dirán amablemente: «para sentirse bien», «para curarse», «para sentirse bendecidos». También se puede encontrar vino reconstituyente, jarabes multivitamínicos y miles de velas.

La plaza en sí, tan activa en contraste con el silencio que cunde tras las paredes, un verdadero crisol de culturas, está animado por la vehemente chola cuencana. Más que una persona, la palabra evoca la esencia tradicional y mestiza de esta ciudad, y más que una palabra, encarna el carácter orgulloso, trabajador y totalmente único de su persona.

Plaza de las Flores. Fotografía: Jorge Vinueza.

Las cholas se han apoderado de esta plaza. Ellas con sus trajes y flores llenan la plaza de colores, refulgen los primorosos pétalos que tanto engalanan las casas y balcones de la ciudad. Pues es verdad que pueden haber razones artísticas, arquitectónicas, culturales que hacen de esta ciudad un Patrimonio de la Humanidad indiscutible. Pero hay algo más, también, que la convierte en una ciudad sin par en el mundo.

Desde la singularidad de la forma en que habla la gente; en que la sociedad protege costumbres y oficios; desde el talento para inventar un desarrollo respetuoso de la ciudad que vive todavía; se podría hablar además de manos talentosas, de generosidad, de cómo se combinan valores tradicionales con los más avanzados conceptos, propios de este milenio que empieza. No hay lugar como Cuenca y sólo su gente podría hacer de ella lo que es. También los cuencanos son Patrimonio de nuestra Humanidad.

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