Cotopaxi: Despierta el Coloso

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No se veía verdor alguno hasta más al sur de Riobamba. El mundo parecía envuelto en cenizas… algo que duró más de un mes y medio en ciertas partes. En 1742, La Condamine calculó 4 pulgadas (francesas) sobre el suelo de la hacienda La Ciénega. 135 años después, una medida más reconocible, de la erupción de 1877, la registró Luis Sodiro: dos centímetros en Machachi y seis milímetros en Quito. La Condamine, en su tiempo, describió gases verdes y rojos mezclados con blancos y grises, una explosión acompañada de “nubes inmensas de escarabajos voladores que cubrió cielo y tierra y desapareció antes de que cayera el día”. Quiteños sabemos, inmediatamente, a lo que se refería: los catzos, que, en circunstancias menos catastróficas, pueden hacer blancos los campos en sus épocas de apareamiento…

Según el mismo Sodiro, pollos, gallinas, perros, gatos y caballos ya mostraban su confusión frente a las tinieblas provocadas por la explosión de 1877, la que hizo la noche en plena mañana. La Condamine, por su parte, escuchó al coloso desde Quito. Dijo también que se tuvo noticia de su bramido en Guayaquil. Sodiro y Wolf describen “descargas de poderosa artillería”. Y Sodiro, en particular, se refiere a “lo infausto” de aquel día para tantas personas que perdieron la vida, y “tantas más que quedarían en la desolación y miseria.”

Ríos de lodo, varias veces más voluminosos que los cauces de agua, desbordaron apocalípticamente, corriendo sin que nada pudiese “presentarles la más mínima resistencia”.

Se llevaron casas enteras… con sus habitantes… Y bajando, sin duda, por algún lahar menor, se reportó que “una india continuaba, durante el transporte, moliendo en una piedra sin interrumpir el movimiento de su ocupación, insensible a la navegación en la que se encontraba”. Wolf, uno de los geólogos más renombrados de su época en el país, fue más específico: 20 leguas (100.000 metros) en tres horas, “es decir, cerca de 10 metros por segundo…”. Para la mayoría de nosotros, otro cálculo tiene más sentido: los lahares descendieron tan rápido como Usain Bolt en su carrera para el oro. Tardaron algo más de media hora en llegar a Latacunga, poco menos de una en llegar al Valle de los Chillos, cerca de tres a la zona de Baños y sólo 18 horas hasta la desembocadura del río Esmeraldas en el océano Pacífico.

La fuerza de la erupción ameritaría, sin duda, toda una literatura sobre sus poderes. Pero, como lo refiere Wolf con cierto enojo, en 1877, “vergüenza” daba “confesar que ningún escritor ecuatoriano se haya tomado el trabajo de ocuparse un poco en esta materia tan interesante… que casi todo lo que se sabe de la historia moderna del Cotopaxi lo debemos a unos viajeros extranjeros que casualmente se hallaron en el país cuando acontecieron las erupciones.”

En nuestra era, nadie había conocido el bramido del gran volcán.

Diríamos, si nos fueras a preguntar, que estaba muerto. Pero para 1999, el país se estaba preparando para cambiar la historia “desinteresada” que refiere Wolf. En 1983 se fundó el Instituto Geofísico, entre Hugo Yépez y Minard Hall, y en mente estaba la necesidad de “ocuparse” de la realidad volcánica de un país tan volcánico como el nuestro… Se unieron científicos de otros países, incluyendo la participación importantísima del IRD francés. Volcanes de por sí habían llamado la atención del mundo a partir de desgracias como las de Santa Helena (1980) en Estados Unidos, o la misma erupción del Nevado del Ruiz (1985) en la vecina Colombia. Vivimos entre volcanes… nuestras ciudades son, sin duda, muy vulnerables a sus estallidos… Era hora de apurar los esfuerzos por entender cómo se mueve todo por dentro.

Cotopaxi: Despierta el Coloso 02

El Cotopaxi está armado de equipos de tecnología de punta que vigilan sus pasos: cada frente del cono. Lo que sucede en su interior llega en tiempo real a las computadoras del Instituto Geofísico, y los científicos miden los movimientos desde gráficos que explican mucho más de lo que pudiéramos entender de ellos las personas comunes y corrientes. Este monitoreo se extiende a través de 17 volcanes ecuatorianos. Jean Luc Le Pennec, quien trabajó en Ecuador en el pasado, y ahora vive aquí haciendo de la observación del Tungurahua su vida, recuerda cómo “se prendían los focos con cada proceso eruptivo”. Hubo el Reventador, el Guagua Pichincha, el Tungurahua… de un silencio nervioso de décadas, de pronto el país entero se convertía en un gran laboratorio para vulcanólogos. “Llegar acá fue aplicar todo lo que había leído y estudiado de volcanes a la realidad… no hay muchos lugares en el mundo tan ideales para un científico,” dice conmovido Le Pennec. Y ahora, claro, con Cotopaxi, que revivió en el verano de 2015, el entusiasmo de la comunidad científica se ha intensificado. “Estamos viviendo en un tiempo muy especial”.

No ocurrió lo que se temía. No ocurrió lo que describieron Sodiro y Wolf de la enorme erupción de 1877. No se volvió realidad el cuento que, con todo escándalo, había pintado Leonardo Wild en su ficción alarmista Cotopaxi: Alerta Roja, en la que Quito se sumía en “desolación y miseria” frente al monstruo nevado. Pero no quiere decir que no suceda. En realidad, quiere decir que seguramente sucederá. Que nos está avisando. El poder del Cotopaxi es grande. Y nuestra población ya no es la misma que lo fuera cuando los lahares se llevaba árboles y cerros, uno que otro caballo y unas cuantas casas. Ahora debemos recordar que con él convivimos ciudades enteras.

De su larga trayectoria como experta vulcanóloga, Patricia Mothes también esperaba este día, quizás más que ningún otro. Fue pionera al colocar la primera ronda de equipos de monitoreo para medir la actividad volcánica del país, y ver que sus cuadros empezaban a registrar movimiento debajo de la tierra en un lugar tan especial debieron llenarla de inusitada alegría. Nos explica, casi irónicamente, que el despertar de Cotopaxi fue, esta vez, una erupción fallida. “Como un aborto… los números indicaban que la energía estaba creciendo rápidamente. Las personas se asustaban porque sentían que se venía algo fuerte, amanecían en ceniza los pueblos, veían las explosiones del cráter… pero de pronto, esa energía escapó y todo volvió a la normalidad… Aprendimos mucho… como de Tungurahua, como del Guagua Pichincha… pero este volcán,” dice con cierto misterio, “dio una serie de señales muy importantes”.

“Mucho de nuestros esfuerzos han estado enfocados en comprender los movimientos de los lahares.” A fin de cuentas, los lahares revelan los lugares donde el peligro del volcán es más inminente. A través de ellos, podemos crear una verdadera planificación de riesgos. Como dice Patricia, “la información está aquí… nosotros estamos pendientes, todos los días, aprendiendo más sobre nuestros maravillosos Andes y los peligros que pudieran provocar. Pero pasan políticos, pasan ‘comunicadores’, pasan gobiernos, y sólo se interesan cuando ven el humo, cuando sienten el temblor, cuando se caen las casas… En ese momento, quieren que estemos ahí ‘informándoles’… la implicación política debe ser otra; la conciencia debe ser otra.”

La labor de monitorear un volcán es un ejercicio de vida. Un compromiso único que no podemos medir en tiempos humanos.

Los pocos años durante los cuales hemos empezado a tener equipos que capten la actividad volcánica representa menos que milésimas de segundo en la vida de estos colosos terrestres, y cada vez que pasa algo en el seno de las montañas, nuestros volcanólogos aprenden solo un poquito más. Somos muy pequeños frente a ellos, frente a su edad, frente a su magnificencia, y sólo unidos llegaremos a verle en la cara, a sobarle el rostro y decirle que aquí también estamos… “te trataremos bien y nos dirás por dónde irás…”

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