Conservación y pajareo en Yanacocha

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Esta historia, como muchas otras de conservación, empieza con una especie. En el caso de Yanacocha, un colibrí. El Zamarrito Pechinegro (Eriocnemis nigrivestis) es un ejemplar endémico de nuestro país, y sólo se lo puede encontrar en las laderas oeste del volcán Pichincha. A diferencia de lo que su nombre denota, sus colores son tan majestuosos como lo que representa.

En 2005, el Zamarrito fue declarado ave emblemática de Quito. Sin embargo, más allá del ostentoso título, se encuentra actualmente en peligro crítico de extinción. Para protegerlo a él y a la impactante cantidad de pájaros que habitan en la zona, se fundó la Reserva Yanacocha, uno de los lugares que visitamos junto a un grupo de turistas en la experiencia Ñan Travel.

Hace poco más de dos décadas, Fundación Jocotoco adquirió alrededor de 950 hectáreas de bosque alto andino y páramo en el lado oeste del Volcán Pichincha. De ahí en adelante, la historia de conservación de su reserva es motivo de visita y deleite para los seres del bosque y los turistas. Es un paraíso para la vida silvestre y también para los amantes del aviturismo.

Nos embarcamos desde Quito en un trayecto de aproximadamente 45 minutos para llegar a este destino. Al norte, sobre la avenida Occidental, hay que tomar un paso a desnivel desde la avenida Machala para ingresar al barrio ‘Mena de Hierro’ que conduce a Nono. Después de la iglesia Rundupamba, un recorrido de nueve kilómetros de tierra, generalmente acompañado de lluvia, conduce a las maravillas de este cercano, pero a la vez alejado lugar.

Llegamos alrededor de las 09:00, y recomendamos no pasar de el mediodía, para poder ingresar y disfrutar del lugar. Una vez ahí, nos recibieron guías locales y especializados que compartieron información útil de especies nativas de plantas y también de aves, sin omitir al emblemático Zamarrito, por supuesto.

Una vez introducido en el ambiente húmedo y lluvioso de Yanacocha, no quedaba sino adentrarse en el bosque y esperar que por obra de la naturaleza pudiéramos agarrar unos rayitos de luz. Dicen que en los meses de verano tampoco es seguro tenerlos, pero que cuando se despejan, los paisajes son espectaculares.

Vamos de camino al Jardín de los Colibríes, como lo llaman los locales, donde basta llegar para tenerlo al alcance de la vista. Nos reciben en el camino las hojas gigantes de la Gunnera pilosa, que brindan una sensación de estar lejos no sólo de casa, sino también en algún lugar del pasado. Por no mencionar que son ideales para las lluvias constantes de la zona (sirven de paraguas). Eso sí, no hay que cortarlos, sino recoger las que se encuentran en el suelo.

En el trayecto hay diversas bifurcaciones de caminos, senderos y chaquiñanes, por los que uno puede explorar con tiempo para aprovechar al máximo la visita. Incluso hay bosques de Polylepis que cambian totalmente el panorama de la caminata. Todo está señalizado y los guías explican las especies con las que uno puede cruzarse por ahí.

La reserva ha ido ampliando de a poco su dimensión. Hoy son 1.080 hectáreas que protegen otras aves amenazadas como las pavas y cóndores Andinos, la Becasina Imperial y el Picocono Gigante. También hay mamíferos de gran importancia para los páramos como el oso de anteojos, los lobos andinos, coatíes, guantas, ciervos, venados y tigrillos.

Por todo esto, aquí se llevan también a cabo programas de reforestación con especies nativas de plantas para restaurar el hábitat natural de la reserva. Se han sembrado árboles de polylepis y otras especies de flora en pastizales de la zona baja de la reserva y otros en las más altas que superan los 4.000 msnm y que hace décadas sufrieron incendios.

Y, efectivamente, entre tanta maravilla concluimos esta breve caminata hasta el jardín, donde revolotearon alrededor nuestro distintas especies y ejemplares que habitan en convivencia esta zona y que sorprenden a todos quienes se detienen un rato a admirar su belleza.

Justo al lado del jardín, se encuentra la Trocha del Inca, un pequeño ‘complejo’ de túneles, que después de cruzarlos totalmente a oscuras, sorprende de repente la extraordinaria vista del Guagua y que a la larga, si sigues por el camino, te conduce a unas cascadas.

De regreso, la lluvia paró, pero no tuvimos la vista que tendremos en nuestra próxima visita de verano. Finalmente, al salir de la Reserva, nos embarcamos de camino a Nono antes de volver a Quito. Este pueblito mágico es uno de los más antiguos de la provincia, y guarda lugares espectaculares para visitar y pasar el día como la Hacienda Yumba Urqu, donde cerramos la visita con las mejores vistas de la provincia, un delicioso brunch y una breve visita en el parque central donde pensamos que debemos repetir esta experiencia ya que nunca es la misma.

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