Ciudades del mañana

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Quizás todo lo que está mal con el mundo se puede resumir en un ejemplo. El geólogo social Julien Rebotier, en su trabajo «El riesgo y su gestión en Ecuador», incluye un gráfico muy simple para mostrar las dinámicas de la sociedad y sus actores frente a los llamados desastres naturales.

Ocurre un desastre y la sociedad reacciona de inmediato. Acto seguido, y como es natural, empiezan a entrar en juego las instituciones para paliar los daños provocados. Solo cuando la ciudadanía empieza a tranquilizarse y olvidar el evento, se logra por fin establecer las dinámicas correctas de gestión de riesgos. Sin embargo, en vez de quedar estas dinámicas listas para el próximo e imprevisto desastre, se van desbaratando de a poco, con la propia (mala) memoria de los ciudadanos, al punto de desaparecer del todo. Es natural que la sociedad olvide un evento trágico y continúe como de costumbre. Es necesario, incluso, que regrese la calma. Pero el deber de los ciudadanos también es crear un colchón que los prepare para el futuro y un sistema que aplique lo aprendido a los parámetros institucionales y políticos, para que no se improvisen cada vez nuevas formas de apagar los fuegos. Como lo explica Rebotier, los desastres “naturales” son provocados por el ser humano: por lo que hace… y por lo que no hace.

El ser humano es poderoso. Empezó pequeño; creó su casa, y luego, de las muchas casas que levantó, nació la necesidad de organizarse en torno a una “casa” mayor, simbólica y llena de interpretaciones: la ciudad. Hoy, esa ciudad es un fabuloso ejemplo de la capacidad humana… es un compendio de sus partes, su espacio en conjunto, su visión a futuro. Es un gran invento que sólo funciona si existe equilibrio entre sus actores. Si su arquitectura está conectada a su tecnología, si sus recursos están conectados al conocimiento, si su arte está conectado a su ciencia, si su creatividad se vuelve práctica, si es parte de lo que lo rodea y si aporta, tanto a sí misma como a su medioambiente y entorno, seguridad a largo plazo… entonces, la ciudad es, sin mayor contendores, la creación más elevada del ser humano. No es Da Vinci quien la creó. Ni Einstein… ni Aristóteles. Es obra de cada ciudadano. La ciudad funcional, la ciudad sustentable, la ciudad “resiliente” es hija de todos… En ello radica su genialidad.

Pero esa ciudad existe, quizás demasiado, en la mente nostálgica o en la búsqueda utópica y no donde tiene que existir: en la realidad, en casa de todos, hoy, en miras del mañana. La desapropiación, la deshumanización, el pensar-a-corto-plazo y la indiferencia han sido grandes actores de las ciudades contemporáneas… y de sus problemas.

El giro repentino de circunstancias ha hecho que hoy, en muchos lugares del planeta, la ciudad sea la que está obligada a ser fuente de sustento de sí misma, aislada y sin respuestas ante el vendaval de su propio crecimiento. Nacieron así las villas miseria, los guasmos, las favelas: ciudades dentro de ciudades que llegan a tener millones de habitantes en situaciones de extrema pobreza, con viviendas insolventes sobre lugares precarios, propensos al desastre, relegados a burbujas de concreto e inseguridad. La estadística es terminante: somos la mitad de seres humanos quienes vivimos en ciudades, las cuales, juntas, representan tan solo el 2% de la superficie terrestre.

Nuestra ciudades tienen que caminar acompañadas: quienes toman decisiones políticas con universidades, con la comunidad, con sectores públicos y privados. Tiene que haber una convivencia.

¿Una nueva ciudad?

No hay razón para que la ciudad, tanto en concepto como en práctica, no pueda seguir siendo la fuente de inspiración, seguridad, bienestar y futuro que ha sido históricamente. Es curioso que en la era más globalizada de todas, estemos más incomunicados que nunca de nuestros recursos, de nuestra naturaleza, de nuestra propia humanidad, con abismales (y crecientes) brechas de desigualdad.

La ciudad se creó para unir y podemos igualarnos a los cambios. Debemos tener conocimiento de las buenas experiencias, de lo que ha funcionado en otros lugares y de cómo aplicarlo; incorporar prácticas que enfrenten la pobreza y mejoren el ambiente urbano y, sobre todo, junten a los partícipes urbanos, que van desde simples ciudadanos a científicos, agrónomos, arquitectos y educadores, para que, desde sus realidades, expongan y aporten a la creación de nuevas políticas centradas en un sistema que no se desmorone cada vez que los ciudadanos nos olvidemos que el mundo cambia, que existen imprevistos y que los ejes de visión pueden caducarse. Se debe establecer un precedente para permitirnos, como conjunto, adaptarnos a los puntos de quiebre que existen hoy; que, sin duda, volverán y que seguirán provocando desequilibrio. Nuestra Tierra es un mar de incertidumbres y tenemos que crear las arcas para navegar hacia delante.

Vivir entre rugientes volcanes

Tomemos, por ejemplo, la amenaza de los volcanes. Quito está, ciertamente, rodeado de volcanes. Puede parecer ‘castigado por su naturaleza’ por ello… pero será, sin duda, una bendición disfrazada y un privilegio si logramos aprender a convivir con una realidad —y vaya gloriosa realidad— de vivir en una tierra tan magnética, enérgica y viva.

Ochenta y siete por ciento de las ciudades del mundo se encuentran bajo el riesgo de un volcán, pero pocas ciudades lo pueden atestiguar y estudiar como nosotros. Nosotros tenemos cinco volcanes activos en el país. Si logramos comprender la mecánica política para institucionalizar un plan de gestión de riesgos certero frente a su amenaza, creando una cadena de comunicación que nos involucre a todos para lograrlo, actores públicos y privados, creativos y figuras culturales, autoridades y científicos, y crear de ello un precedente a futuro. Un precedente para entender los riesgos. Un precedente para, incluso, captar nuevas energías renovables, más efectivas y que causen menos impacto al medioambiente. Que aprendamos a proteger el agua que nos brindan sus páramos. Cuidarlos. Que aprendamos a apreciar su belleza y atraer a personas de todo el mundo que quieran conocerla. Que podamos solidificar la vida rural, para que Quito vuelva a ser, como ciudad, un eje mejor conectado a sus fuentes de sustento.

Entonces habremos entendido la resiliencia, habremos reivindicado la humanidad y podremos ser un referente para el mundo. Es posible. La cuestión está en nosotros y en cómo recreamos convivencia en esta pos-modernidad…

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