Cantuña: Un diablillo en la iglesia

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La Iglesia de San Francisco y Francisco Cantuña (desde los nombres nomás empiezan las coincidencias) gozan de una historia entrelazada que nos lleva a la más temprana colonia y los años inciertos de la Conquista.

Sí, muchos conocen la leyenda, la del indiecito que le ocultó la piedra al diablo (para esta y otras leyendas quiteñas, haz click aquí).

Nos dirán, pero así son las leyendas, puro cuento. Pero Cantuña, el nombre, la persona, es más que imaginación popular. Es parte misma de las paredes de la iglesia de San Francisco; sus restos, la prueba de que existió en vida, están ahí.

Aún en cuanto a leyendas se refiere (¡empecemos por el hecho de que sería difícil que un diablo se deje engañar por tan nimio tecnicismo como una piedra!)— la leyenda de Cantuña es poco convincente. Pero no por ello podemos decir que la otra historia que se conoce de Cantuña no sea sino lo mismo: una leyenda.

Y esa “leyenda” nos cuenta que Cantuña era un indígena muy potentado de inicios de Colonia, un indígena que jamás tendría que construirle atrio a nadie.

Estaba, al menos, lo suficientemente “conectado” como para que una de las capillas más hermosas de Quito sea dedicada a su persona. Estamos hablando, por supuesto, de la Capilla de Cantuña, la que uno puede visitar desde una puerta de la fachada principal de la iglesia de San Francisco. Y vaya hermosa capilla: con algunos ejemplos de lo mejor de la Escuela Quiteña, incluyendo tallados del mismísimo Caspicara y del maestro de maestros, Bernardo de Legarda.

Cantuña, la leyenda original…

El primer Cantuña del cual tenemos mención es aquél que se encontraba ayudando a esconder los tesoros de los incas durante el incendio provocado por Rumiñahui. Muchos conocemos esta historia, quizás leyenda, de Rumiñahui, quien ordenó incendiar a Kitu a la llegada de Sebastián de Benalcázar y pidió a los súbditos del inca a ocultar todo lujo que pudieran de las altas casas y palacios incas.

Cantuña estaba en este menester cuando, por el peso de todos los tesoros que cargaba —y en pleno caos del incendio— cayó y quedó imposibilitado de seguir.

Le salvó la vida un capitán español de nombre Hernán Juárez, quien lo encontró malherido entre las llamas y lo cargó hasta su morada; lo ayudó a recuperarse y le enseñó el español, la religión, la buena vida cristiana. Desde ese momento en más, formaron una importante amistad.

Cantuña le fue por siempre leal y agradecido al capitán, sacándolo, incluso, de aprietos económicos gracias al tesoro inca cuyo paradero conocía. Además de esto, se cuenta que Cantuña ofrecía importantes recursos a los franciscanos cuando estos más los necesitaban durante la construcción de la gran iglesia.

Cuando Juárez falleció, le heredó todo lo que tenía al pequeño Francisco, pues era su única “familia”. Con ello y el acceso directo a las riquezas incas, Cantuña terminó siendo uno de los hombres más adinerados de la ciudad. Parece que fue por esto (u otras mañas) que logró ser sepultado en las propias paredes de la iglesia.

A pocos metros de la entrada del Museo Pedro Gocial, en la pared este del patio central, vemos la inscripción de 1669: “Esta es la sepultura de Francisco Cantuña y sus herederos”. O compró el sitio o tuvo tal incidencia en la vida de los franciscanos que estos decidieron colocar sus restos en el lugar…

Lo cierto es que esta inscripción se añade a la otra referencia a su nombre en esta iglesia, la Capilla de Cantuña.

Una capilla que brilla

La leyenda continúa: los españoles empezaron a sospechar de la procedencia de la fortuna del indio Cantuña. Cuando le presionaron para que explicara de dónde consiguió tantos haberes, el indiecito aparentemente admitió que fue el diablo quien se lo dio.

Un pacto con el diablo era, desde luego, el peor de los delitos y suponemos que, de tal revelación, quedó mal parado. Algunos dicen que el juicio sentenció no solo a él en vida, sino a sus hijos y sus nietos, quienes tendrían que pagar tributo por este capital pecado.

La versión de esta historia del padre Juan de Velasco cuenta que el padre franciscano que lo defendió frente al Tribunal de Santos Oficios le terminó prometiendo, como pago por sus contribuciones a la orden, el santo sepulcro en las paredes de la iglesia que él ayudó a construir. Así son las leyendas, seguramente exageradas, pero llenas de grandes giros narrativos.

La Capilla, en todo caso, antiguamente llevaba el nombre de la Vera Cruz y lo que suponemos era un hijo o nieto de este Francisco Cantuña también gozaba de dinero y habría pagado por la restauración de la misma. Esta versión de los acontecimientos explica que por la importante inversión, en 1776, la capilla pasó a conocerse por su nombre.

En todo caso, diablos sí que hubo en esta historia, verdadera o ficticia, de Francisco Cantuña y ello seguramente influyó en la leyenda que todos conocemos hoy, del indio pobre a quien le mandaron a construir el atrio de la iglesia más imponente de Quito en tan solo dos semanas…

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Foto portada: Yolanda Escobar

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