Cañaris: Cultura mítica

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Esta cultura legendaria —recordada por su delicado trabajo con metales preciosos, por su extensa red de pueblos a través de los Andes— se repartía por toda la extensión del austro ecuatoriano con más de 20 conglomerados y dos capitales florecientes: el Hatun Cañar del norte en Ingapirca y Guapondeleg, al sur, la actual ciudad de Cuenca.

Los Cañaris fueron feroces guerreros que se defendieron de los Incas durante décadas y tal vez nunca fueron realmente conquistados. Algunos afirman que tuvieron su revancha al unir fuerzas con los conquistadores españoles que llegaron del sur.

Su relevancia, tal vez subestimada, y su carácter, sin duda poco conocida, son evocados en un buen número de sitios arqueológicos al norte y oeste de Cuenca, incluidos Culebrillas, Cojitambo, Coyoctor, Chobshi, y en la propia ciudad, en Pumapungo.

También podemos buscar la tranquilidad del Lago Ayllón, un pequeño espejo de agua que, según el mito, sería creado al amansar las aguas del Diluvio, dejando en el mundo tan sólo a dos hombres y una pareja de guacamayas, quienes juntos eventualmente procrearían toda una civilización.

Cojitambo. Foto: Juan Pablo Verdesoto.

Hoy en día, el espectro cañari sigue proyectando su sombra mítica sobre estas tierras. El lenguaje ya no existe. Sus construcciones están profundamente enterradas no sólo bajo edificios modernos, sino debajo fortalezas incásicas que erigieron la capital administrativa del Chinchaysuyo en Tumipamba.

Dicen que Atahualpa ejerció un castigo general hacia la etnia entera por haber defendido los designios de su hermano Huáscar durante la guerra civil. Dicen que los hombres fueron masacrados, dejando sólo mujeres. Hoy es difícil saber lo que queda. Algunas estadísticas hablan de mil descendientes cañaris, pero distinguir cuán fieles son estos datos frente a su legado preincaico, no es sencillo. Lo cañari representa quizás, algo más allá: un pasado que trasciende la memoria, un orgullo que trascienda la identidad.

The Chunucari: Sol de Oro

Es quizás la reliquia más memorable del país, la que representa el pasado prehispánico del Ecuador como ninguna otra pieza arqueológica: el «Sol de Oro» del Banco Central. Antes de formar parte de esta insigne colección, descansaba en silencio sobre una pared de hacien- da en Burgay, a pocos minutos de Biblián, como uno de los hallazgos predilectos de Max Konanz. Este coleccionador suizo, ávido conocedor del arte precolombino, se encontró un día con una gran bola de oro, que deshizo mechón por mechón para revelar finalmente la cara cuadrada y cresta de ondulados rayos que todos conocemos hoy día. Expuso la pieza en el museo de familia por más de veinte años y para él no podía
ser sino de origen cañari, ya que había sido descubierto en la zona
 de Sigsig. A pesar de ello, y una vez que la pieza fuera vendida al Banco Central, inesperadamente se reubicó su origen a la cultura Tolita de la costa ecuatoriana. Miembros de la familia Konanz continúan defendiendo la teoría inicial del coleccionador, mientras que la Municipalidad de Sigsig he iniciado una campaña para reivindicar su procedencia andina.

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