Caminando por Guayaquil

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Comenzamos nuestra exploración de Guayaquil desde su parque urbano más antiguo, el que fuera la Plaza de Armas principal de la ciudad, luego llamado Plaza de la Estrella (a razón de una gran estrella de ocho puntas construida en piedra), y que hoy lleva tres nombres distintos: Parque Bolívar, por su estatua central del Libertador, Parque Seminario (su nombre oficial) por Enrique Seminario, quien financiara la cerca, estatua y glorieta de hierro forjado a finales de los 1800, o Parque de las Iguanas, porque cantidades inesperadas de iguanas verdes han heredado la plaza, aparentemente levantada al estilo de un parque en París.

Hay pocos rincones urbanos en el mundo tan exóticos como el Parque Seminario, donde innumerables iguanas color limón de hasta un metro de largo superan con creces la cantidad de las palomas (también existe un curioso estanque con tortugas en el costado sur del recinto). Los niños quedan profundamente admirados al divisar los primeros individuos (aunque adultos no se quedan atrás), acercándose a los animales para sacarles la foto o simplemente maravillarse de sus rostros dragonescos.

Suben los árboles, echan carrera para llegar de un lado a otro del parque, intentando evitar un encontrón con la especie humana.

Desde alguna rama demasiado habitada, algunas caen estrepitosamente sobre el cemento. Aquí también tendrás la oportunidad de observar a la muy atractiva ardilla endémica de Guayaquil.

El hecho de que justo detrás del parque, hacia el oeste, se encuentra la catedral, nos dice cuan importante ha sido este parque en la historia de la ciudad. Alguna vez fue eje de la llamada Ciudad Nueva, la que a principios de la colonia se vio obligada a trasladarse a este sector (en la década de 1690). En la parte superior de este templo amarillo pastel, que tanto juego hace con el clima tropical, una estatua de Cristo bendice el costado de la ciudad que orilla el río. No abruman las iglesias acá en Guayaquil como en otras ciudades ecuatorianas, lo cual es resultado de los muchos incendios que arrasaron la ciudad y la transformaron en su historia. Pero esta construcción, sus dimensiones, hermosas vidrieras y altar de mármol son dignas de echarle un vistazo. Es también sector hotelero, con tres hoteles de importancia, incluyendo el Grand Hotel Guayaquil (en la manzana detrás de la catedral), el Hotel Continental (y su clásico restaurante La Canoa, donde se prepara una excelente “Bandera”, plato mixto de recetas guayaquileñas); y el lujoso UniPark, que goza, desde su salón principal, de la mejor vista de la Plaza. Frente a la catedral, en Clemente Ballén, también está Almacenes Fierro, donde se pueden encontrar las famosas guayaberas, camisas a botones ligeras y elegantes.

Continuando al este por Clemente Ballén, se llega a la antigua Plaza Sucre, recientemente convertida en un paseo peatonal de cuatro cuadras y rebautizado Plaza de la Administración. Grandes esfuerzos fueron realizados para darle brío a los alrededores de los principales edificios administrativos de la ciudad – la Gobernación (hoy sede de una nueva Universidad de las Artes) y el Municipio. Ambos compiten en dimensión y atractivo, el primero en estilo neoclásico, el segundo, con una señorial arquitectura renacentista de enormes columnas. Como mencionamos antes, no hay muchos edificios patrimoniales restantes en Guayaquil, pero los que han sobrevivido compensan.

Justo entre estas impresionantes construcciones, está una escultura urbana que más de uno querrá sentarse a admirar: La Fragua de Vulcano, que representa la lucha y estrategia para independizar a Guayaquil del yugo español. Observar los rostros pujantes, la furia encarnada en los ojos de dos filas de instigadores que, en sigilo, ‘fraguaron’ la libertad, frente a la parsimonia erguida del prodigioso poeta y primer alcalde de la ciudad independiente José Joaquín de Olmedo (quien lleva la llave de la independencia), merece su tiempo y atención.

Escapamos del bullicio de las calles en el Museo Nahim Isaías, con una colección de 2,500 piezas de arte colonial y precolombino. Al dirigirnos hacia el sur, detrás del Palacio Municipal, pasamos al lado de casas viejas guayaquileñas con sus características persianas de madera. De éstas, muy pocas permanecen en la ciudad. Siguiendo la calle Pichincha, nos espera la bulliciosa Bahía, un mercado informal de proporciones legendarias. Una cuadra antes, hacia el oeste sobre la calle Sucre, está el Museo Municipal, conocido por su macabra selección de tzantzas (cabezas reducidas) de la Amazonía y otras piezas de patrimonio, incluyendo la Declaración de Independencia de Guayaquil.

La Torre del Reloj: «bigbencito» guayaquileño

Digamos que el reloj del Malecón 2000 vino de la misma tienda que el Big Ben. Fue traído desde Londres en 1841 (la campana) y 1842 (el reloj). El mecanismo, accionado sin motor de ningún tipo, por el mágico movimiento de un péndulo, nunca ha dejado de dar la hora. Vicente Rocafuerte, una de las figuras políticas más influyentes de la historia de Guayaquil, solicitó la pieza en sustitución del primer reloj público de la ciudad, el cual dejó de funcionar cuando fuera descuidadamente transportado a la ‘casa consistorial’ en 1808.

Este nuevo reloj soportó varios traslados, varios incendios y el capricho de las autoridades que fueron cambiándolo de lugar, colocándolo sobre estructuras cada vez más altas, para que más guayaquileños pudieran ver la hora. Una de las versiones más elegantes cayó por su peso. La torre ‘morisca’ sobre la cual descansa hoy, fue inaugurada en 1931. Cada 12 horas, Manuel Terranova le da mantenimiento. Aprendió todo de su padre, Alberto, quien aprendió todo de su padre, Manuel. Este maestro relojero de tercera generación, dice, bromeando, que estaría encantado de ir a Londres, si acaso el Big Ben necesitara algún ajuste.

La Bahía es un mercado callejero inmenso, creado cuando el comercio informal que se realizaba a lo largo del río fue empujado hacia el interior. Gran parte de los productos se amontonan. Secciones enteras se dedican únicamente a vender camisetas de fútbol, teléfonos celulares, e incluso cinturones… a más de mil y un quiscos llenos de diversidad comercial, donde se tiene la certeza de encontrar todo lo que uno precise. Para salir del laberinto, caminamos hacia el este o continuamos hacia el norte, cruzando el corazón de la Bahía hasta sentir la brisa del Río Guayas y llegar al orgulloso Malecón 2000.

Malecón – Las Peñas – Puerto Santa Ana

La suerte de pasear por el río La última sección del proyecto Malecón 2000 es su lado extremo sur, al que se llega dejando La Bahía atrás y cruzando la Avenida Simón Bolívar hacia los patios de comida.

Una amplia rampa, orillada por una atractiva serie de postes altos, nos lleva al Palacio de Cristal. En el camino, no tardamos en percatarnos de la peculiar estatua del mismo poeta, José Joaquín de Olmedo, que vimos en el monumento a la Fragua de Vulcano, esta vez sentado en una silla, mirando hacia el horizonte en busca de inspiración. Como telón de fondo, observamos algunos edificios que aunque desmejorados por el tiempo, demuestran su alma tropical, al frente de los que se levanta un frondoso parque y la exclusiva sede del Club de La Unión.

Como un puente, la rampa llega a la explanada del Palacio de Cristal, un maravilloso mercado de hierro forjado de fabricación francesa, que se utiliza para alojar una serie de eventos culturales y sociales. Al oeste de la estructura, la pequeña, atractiva iglesia jesuita de San José merece una visita, mientras que, marcando el final del Malecón, encontramos un pequeño mercado artesanal.

Desde aquí, se recorre la totalidad del malecón hacia el norte, bordeando las orillas de este soberbio río que yace en el corazón mismo de la historia de Guayaquil. Dependiendo del nivel de agua, pequeñas playas surgen al pie del muro del malecón, donde elegantes garzas color nieve se aprestan a zarpar, y muelles reciben barcos desde el golfo, la Isla Santay, e incluso de alta mar. Notaremos la vegetación flotante, los famosos “lechuguines”, que algunos sostienen como evidencia de cómo la vida continental habría llegado a las Islas Galápagos.

¡Tiemblan las velas!

En 1709, los piratas al mando del bucanero Woodes Rogers se “alojaron” en Guayaquil, y durante cinco días saquearon las casas (y las tumbas del cementerio) de la ciudad, llevándose consigo, como golpe de gracia, al San Vicente, buque de 400-toneladas. Otro ataque memorable fue provocado por el inglés/holandés George D’Hout y su cohorte, en abril 21, 1687, un asalto que duró todo el día, donde se incendiaron casas y se capturaron a unos 600 rehenes, entre ellos mujeres de alcurnia y altos funcionarios; algunos fueron asesinados, y otros llevados a la Isla Puná. Los guayaquileños se organizaron para expulsarlos definitivamente, luego de una gresca de una semana en alta mar. Otro asalto insigne fue el de Jacques L’Heremite, que si bien logró incendiar la ciudad, fue rechazado por los guayaquileños antes de causar más estragos en tierra. Hechas las cuentas, Guayaquil salió relativamente bien parada frente al asedio pirata, habiéndose librado, además, de corsarios como Drake y Morgan, quienes pasaron por alto el puerto principal. En la boca del Barrio Las Peñas podemos observar el monumento al Fortín de La Planchada, emblema de la aguerrida defensa de Guayaquil frente a los temibles saqueadores de la colonia.

Y otro dato interesante es que el río fluye en ambas direcciones dependiendo de la marea… Tiene sentido, pues el océano más grande del mundo sería lo suficientemente potente como para manipular las voluptuosas aguas del Guayas a su antojo. Hay momentos, sin embargo, que la pugna entre río y mar es tal que provocan un punto muerto de las aguas y el río queda paralizado.

Muchas de las atracciones del malecón las visitamos el año pasado en nuestra edición Ñan 6. Es un lugar a repetir infinitamente, con sus señoriales monumentos y ficus con troncos llenos de plieges; árboles macizos que parecen de la vida y del conocimiento; vendedores de mangos agrios con sal; restaurantes con mariscadas; mangos caídos que si se los ve, se los puede tomar y, con una lavadita, hincarles el diente y sacarles el jugo; tiendas para comprar; museos en los cuales aprender más acerca de las verdades y mitos de la ciudad.

Perdura el río holgado e inmenso, el placer de compartir este espacio público con familias del puerto, la muchachada jugando, la brisa lila del atardecer, los enamorados apoyándose en la barandilla, los vendedores ambulantes llenos de diretes, todo aquello que inevitablemente personifica la calidez de la ciudad y su gente.

Antes de subir a la colorida colina que domina el extremo norte del Malecón – el histórico Barrio Las Peñas – uno puede dirigirse al oeste (o izquierda), en la calle Loja, hacia la zona rosa, que durante el día pasa tranquilo. A tres cuadras y media, sobre esta calle, está el mercado artesanal más grande de Ecuador. Girando a la derecha, en Rocafuerte, estarás en el centro de lo que fuera la Ciudad Vieja y su iglesia de Santo Domingo, la más antigua. Al otro lado de la calle, no hay que perderse el interesante Museo del Bombero, con sus camiones de más de un siglo y sus cuentos infernales que este cuerpo de valientes ha logrado cicatrizar.

Desde aquí, se puede cruzar la calle nuevamente, ahora sí, para subir los 444 peldaños de Barrio Las Peñas, también conocido como Cerro Santa Ana. A mediados del siglo pasado, más de un poeta y artista vivieron aquí, y el célebre Ernesto ‘Che’ Guevara, se rumorea, pasó algún tiempo vendiendo libros. A finales del siglo, el barrio cayó en el descuido. Las autoridades crearon entonces un eje para visitantes con una escalinata que lleva a la cima, donde una capilla y un ‘farolito’ ofrecen una vista inolvidable de la ciudad. A lo largo de la caminata, uno pasa al lado de hogares populares, tiendas de barrio, de artesanías, bares y sitios de karaoke. Las casas están pintadas de colores vivos y a medida que subimos, el río se revela cada vez más señorial, detrás de las paredes, techos y copas de árbol.

Atractivos Malecón 2000

Navega el río en el barco a velas Pirata Morgan


Descubre Isla Santay desde el embarcadero del Club


Monumento a los Libertadores (La Rotonda)


Visita los atractivos del río en el moderno y cómodo yate


Descubre un Guayaquil en miniatura en el Museo Marítimo Naval “Guayaquil en la Historia”


Echa una mirada al arte y cultura actual de Ecuador en las magníficas instalaciones del MAAC (Museo Antropológico de Arte Contemporáneo

Volvemos a descender y nos detenemos en el Fortín de la Planchada, un pequeño fuerte en semicírulo sobre el cual descansa un cañón defensor de la ciudad contra los piratas. La pequeña calle adoquinada y peatonal (Numa Pompillo Llona) que se dirige al norte desde aquí es una de las más pintorescas de la ciudad, rodeada de casas típicas de madera, acero repujado y caña armada, hoy hogar de galerías, talleres de artistas, el popular bar-salón La Paleta y su inmejorable ambiente lounge, y otros lugares de encuentro.

Más al norte llegamos a Puerto Santa Ana, el barrio más nuevo de la ribera. El área fue anteriormente ocupada por fábricas y la sede de la compañía cervecera nacional. Paseando por el laberinto de edificios remodelados, este exclusivo barrio residencial también alberga dos interesantes museos (de la Música Popular, o Julio Jaramillo y de los Equipos del Astillero). El punto cúspide de este sector se halla un poco más adelante en el “tornillo”, Edificio “The Point”, una construcción de arquitectura singular que rápidamente se ha convertido en ícono del paisaje urbano guayaquileño.

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