Bajando de revoluciones en Guápulo

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Texto: Ilán Greenfield

Fotografías: Paula Holguín / Yolanda Escobar

Guápulo es un  paréntesis, un punto y aparte en la cada vez mas ajetreada ciudad, hogar de artistas, jipis, yupis, embajadores, estudiantes y la gente más normal y sencilla con la cual uno podría sentarse a conversar por horas en sus balcones acompañados de un café, con la inigualable vista de los valles y montañas circundantes.

Por la empinada y sinuosa carretera adoquinada justo detrás del Hotel Quito comienza uno de los barrios más llamativos de la ciudad. Con sus rimbombantes cuatro días de celebraciones en septiembre, que mezclan ritual de villorrio con hip-hop, reggae y fiesta de disfraces, incluyendo el tradicional lanzamiento de naranjas del día de fundación, Guápulo —a veces llamado el «pueblo dentro de la ciudad»—también podría recordar a un pueblito de playa (sin contar las montañas, por supuesto). Con sus construcciones —incluidas residencias encerradas, bares de moda, galerías de arte y su iglesia parroquial bellamente decorada de frescos), que se afierran a la empinada ladera que desciende hasta el río Machángara, se crean necesidades arquitectónicas que recuerdan a Gaudí. Los residentes van desde quiteños artísticos y familias de bajos ingresos a extranjeros que buscan un lugar chévere para pasar el tiempo en el área de Quito.

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Todo empieza en el Mirador de Guápulo, que ofrece una gran vista del valle de Cumbayá, y que recientemente se ha vuelto un bar-restaurante y tienda de artesanías, donde se puede degustar la cerveza local de Guápulo, y disfrutar, los fines de semana, de la producción de los agricultores orgánicos de la zona. Tal es el caso de Mariana Cunalata, oriunda del lugar y que tiene su espacio aquí, donde promociona sus productos que van  desde huevos de campo hasta snacks de soya.

En este mismo Mirador (calle Pasaje Stubel), está el restaurante Tandana, un rincón vegano famoso por su hamburguesa de fréjol negro (es tan buena que confunde hasta al más carnívoro), sus brochetas con pesto y queso de macadamia  y su pizza margarita con queso de almendras. Además, están los postres: cheesecake vegano, milhojas, brownies  y galletas de maní.

Al final de la cuadra, doblando la esquina hacia la calle empedrada, empieza la parroquia oficialmente. Los vecinos o bien han llegado a aceptar o han abrazado por entero el arte callejero, que sin duda identifica al barrio. “Huecos-en-la-pared” ofrecen un bocado rápido para el camino.

La vida nocturna se prende en los locales justo más abajo, como Ananké (pizzería), o Guápulo Café Arte. Este lugar es reconocido en la capital gracias a su vino caliente y sus canelazos (hechos con diversidad de frutas).Es un buen lugar para disfrutar de una noche divertida con los queridos, y para los más artísticos y espontáneos, en este lugar pueden dejar salir sus impulsos creativos: solo es cuestión de pedir crayones y papel.

El sábado y el domingo, don Carlos abre su negocio de mariscos para el almuerzo en la siguiente curva hacia abajo (no hay pancarta, pero se ven las mesas dispuestas a lo largo de la terraza, al lado de una puerta azul claro, ¡y gente agarrándose los sombrero cuando hay viento!). Buen ceviche y pescado fresco han hecho popular al sitio. Justo al lado, detrás de una pared café con detalles en azul turquesa, hay un hostal que muchos extranjeros han hecho su hogar.

Es directamente hacia abajo desde aquí, hasta la bonita plaza de Guápulo y su iglesia, el centro de vida tranquila y respetuosa de barrio que existía antes de que llegara el Quito cool. Pero las apariencias engañan: los vecinos de Guápulo organizan una de las fiestas más llamativas de la ciudad: compruébelo durante la primera semana de septiembre.

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