Atravesando el valle de Paute

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Hacia Gualaceo, por la Panamericana, uno puede girar a la izquierda sobre el Puente Europa para llegar a Paute, el pueblo que se inundaría parcialmente durante la tragedia de La Josefina, hace exactamente 20 años. El puente, financiado en parte por la Unión Europea (por ello su nombre) se une a la vieja ruta destrozada durante la tragedia. La zona se ha recuperado lentamente.

El Cabo es el primer suburbio de alguna extensión en el camino. Al mediodía, puestos que venden tortillas de tiesto empiezan aprender sus fogones, ofreciendo tres variedades de tortillas (trigo, maíz, choclo) y pollos asados. Una bifurcación pasando este pueblito lleva a la Hacienda Uzhupd. Más adelante está Zhumir, caserío que guarda vínculos con la marca de uno de los aguardientes másimportantes del país.

Plantaciones de flores dominan el paisaje en dirección a Paute, aquella ciudad ancestral, hoy un pueblo grande con una plaza de cemento reconocida por su excelente hornado. A distancia, más al norte, vemos el cerro Cabeza de Perro, una de las mejores colinas para realizar parapente.

Foto: Jorge Vinueza.

Más que la ciudad en sí, Paute —que sufrió a raíz del embalse natural de La Josefina— es, irónicamente, conocida por las represas artificiales del norte, suministradas por su río, la Daniel Palacios o la flamante Dudas- Mazar.

Continuando hacia el este, se llega a una serie de distritos rurales y sus pueblos. Primero está Guachapala, que se ha vuelto popular, localmente, a razón del santuario del Señor de Andacocha, un pequeño medallón visitado semanalmente por unos 300 devotos; el Pan sigue, importante centro orográfico de la zona a lo largo de la cordillera Collay, donde se pueden visitar hermosos lagos, tales como el Friega Gente.

Interesantes ruinas cañaris se hallan en el mirador de Turi (no confundir con el Turi de la ciudad de Cuenca); por último, Sevilla de Oro, la ruta de acceso más conveniente hasta la planta de Daniel Palacios, ofrece oportunidades también de visitar el río Collay y su bosque protector.

La Casita Flotante de la Josefina

Si la película «Up» de Pixar nos parecía increíble —aquélla que cuenta la historia del anciano que mandó su casita a suspenderse por el aire con miles de globos de helio —no se diga la historia de amor, ingenio y perseverancia sucedida en la vida real en el Azuay de 1993. Luego del embalsamiento natural de aguas producido por un deslave en el sector de La Josefina —inundando viviendas, cultivos y carreteras— los ecuatorianos seguimos con atónito suspenso a Walter Suárez, quien hizo flotar su casa en el agua a uso de 60 tanques de aceite vacíos que ató a los cimientos de madera. Cuando las aguas cedieron,
Walter ancló la vivienda para que la corriente no se la llevara río abajo. Hoy en día, puedes visitarla a sólo quince minutos de Cuenca, desvío a Paute, en el sector de El Descanso, donde sus hijas mostrarán con orgullo fotos y recortes de prensa de la proeza que su «papi» hizo por amor a su familia, relatando la mágica historia y feliz final de la «Casita Flotante de la Josefina».

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