Arrastre de Caudas

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Las ominosas túnicas negras, el fúnebre avance a través de la Catedral, las capas espectacularmente largas (y negras) que arrastran detrás de sí los miembros del clero, la música envolvente y pesarosa, el momento en que los participantes se acuestan, todos de negro, emulando cadáveres de soldados caídos en batalla… la ceremonia nos transporta a un lugar y tiempo muy, muy lejano.

El Arrastre de Caudas (oficialmente denominado ‘El Paso de la Reseña’) es tradicionalmente un ritual del alto clero que solo lo conoció el público en general cuando las autoridades se enteraron que Quito era uno de los últimos lugares en el mundo donde se lo celebra. Hoy, en un esfuerzo por hacer que la gente tome conciencia de su valor patrimonial, Quito es quizás la única ciudad en el mundo en que esta ceremonia se proyecta en pantallas gigantes para quienes no han podido ingresar en la Catedral para presenciarla. En los pocos años desde que el arzobispado abriera las puertas de este ritual a quiteños corrientes, estos han creado incluso supersticiones alrededor de la enorme bandera que ondea el arzobispo durante el punto álgido de la ceremonia. La intención, por cierto, es que la bandera toque a los participantes, pero muchos la evitan por temor a que la muerte sobrevenga a quien sea tocado. Los miembros del clero, sin embargo, reciben orgullosos el espíritu del Señor al ser acariciados por su tela negra.

Esta ceremonia funeraria ha sido honrada en Quito desde el siglo XVI. Dicen que Lima y Sevilla son las únicas otras ciudades que continúan celebrándola, pero también cuentan que la tradición ya habría desaparecido. Pero aquí, ‘Caudas’ nunca ha estado más saludable. Y no es para menos, pues es uno de los rituales más antiguos que nos han legado los europeos, precediendo al cristianismo como una ceremonia romana en honor a un general caído. La Iglesia Católica la adoptó como una manera de rendir homenaje a su propio ‘general caído’, Jesús; trasladar los ideales y valentía del Señor a sus misioneros en la Tierra.

Al mediodía, en el interior de la Catedral Metropolitana, y presidida por el Arzobispo de Quito (quien juega un papel fundamental durante la ceremonia, acompañado por su clero y seminaristas), una grave música de órgano acompaña la marcha de los participantes al altar. Avanzan con sus velas encendidas; los canónigos, cubiertos de pies a cabeza en sus capas negras; el diácono, encargado del ‘Lignum Crucis’, una cruz celosamente guardada, hecha de piedras preciosas y oro, y con incrustaciones de fragmentos de la verdadera cruz de Cristo.

Los canónigos, cuya edad promedio es de 80 años, se arrodillan sobre cojines de terciopelo rojo al pie del altar, mientras el diácono lleva la antigua reliquia (el Lignum Crucis) al púlpito para exhibirla, antes de colocarla en el altar. El arzobispo, en un colorido (y ceremonioso) atuendo dorado, morado y blanco, recita las oraciones de las vísperas, seguido de salmos e himnos. Después de esta ceremonia inicial, se lleva a cabo el cortejo fúnebre. Los canónigos y su séquito caminan desde el coro por las alas de la Catedral, arrastrando sus larguísimas ‘caudas’ por el suelo, simbólicamente barriendo los pecados de la humanidad. Siguiéndolos de cerca, un miembro de la orden lleva sobre sus hombros la emblemática bandera de la resurrección, una gran tela negra con la cruz roja en la mitad (el negro representa el luto de la humanidad que queda en oscuridad y el rojo, el martirio y sangre de Cristo).

Una vez que la procesión llega de vuelta al altar, los canónigos se postran en el suelo, como representación de la muerte de Jesús, en tanto que el arzobispo ondula la gran bandera sobre sus cuerpos y sobre las cabezas de la congregación, transmitiendo el coraje y pundonor del general caído a los vivos; y en este caso, el espíritu del Señor a los fieles y a los representantes religiosos que luchan en su nombre por propagar su palabra a través del mundo. El arzobispo golpea el asta de la bandera tres veces contra el suelo, cada golpe representando uno de los días de la sepultura de Cristo. Los canónigos, con dificultad, dado lo pesado de sus ropajes negros, se levantan del suelo, rememorando la resurrección de Jesús al tercer día. La ceremonia llega a su fin con la bendición del Lignum Crucis, reliquia de la verdadera cruz de Cristo.

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