Apu-purina, jungla y legado

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Fotografías por: Jorge Vinueza

Prepararse para el día antes de que el primer rayo del sol toque el horizonte, ¿cuántos de nosotros lo hemos hecho?

Aún no sale el sol. En medio de la selva, saboreo el intenso dulzor del agua de guayusa. El jefe de la tribu —que está de pie desde la medianoche, encendiendo la fogata— hace sonar los tambores. Son las cinco de la mañana y es hora de meterse al río, hojas de guayusa frescas en mano, y pasarlas por todo el cuerpo, de arriba hacia abajo. Mientras el té va energizando el cuerpo, las hojas crean un sello para que la energía no se fugue. Así salimos del río, mojados y con menos frío del esperado, listos para la jornada.

El camino de los ancestros

Ubicada al margen del río Puyo, esta ruta de comunidades cuyo nombre, Apu-Purina, quiere decir Camino de Líderes en kichwa, también puede entenderse como Caminar junto a los Espíritus Sabios. Así lo explica Claudia Álvarez. Cuenta que todo empezó cuando ella vino con sus compañeros de colegio durante una salida de campo y se enamoró del lugar, de su gente, sus niños y sus historias. Años después, decidió convertir a estas comunidades en un producto turístico de altura.

Hoy, el circuito de 10 km de caminata, visita varios emprendimientos de turismo comunitario, entre los cuales uno llega a comprender la idiosincrasia de los pueblos autóctonos de la región. Esto va más allá de las coloridas danzas, chamanes, prácticas ancestrales, comida tradicional y la fauna endémica que uno encuentra. Es un viaje hacia el seno mismo de nuestra interculturalidad, donde uno realmente logra vivir el contacto entre el hombre y la selva que hace mucho, las sociedades modernas han olvidado.

Entre el tigre y la serpiente

En la comunidad de Ayamta-Jea, nuestra primera parada, nos encontramos con Mariana Vargas. Preparada para la visita, lleva un vestido azul adornado con huairuros. “Nosotros sí hacemos tzantzas bajo pedido” —mientras lo dice, Marina se ríe de mi cara de sorpresa: “pero con cabezas de animales. Claro, si el cari se porta mal con alguna de nosotras, ahí si le reducimos la cabeza por ser mal hombre”.

Junto a las chozas y caminos, corre el río. Hay tardes donde se ven nutrias, animal portador de la medicina del juego y del “compartir”. Siguiendo su ejemplo, Marina nos cuenta sobre sus tradiciones: “cuando dos personas de distintas nacionalidades se casan, prevalece la cultura del hombre”, explica. Lleva al cuello un collar tejido hecho con mullos con una cabeza de tigre. Este es el espíritu protector de las “gentes de fuego”, los shuar. Ella se lo hizo a su marido, gran cazador y líder, para que lo mantenga fuerte. Pero ella es kichwa; su gente es muy distinta a la de su esposo. Los kichwa son más de consensos, de pesca y pacíficos. Por eso, muchos portan a la anaconda como espíritu protector.

Baile tradicional (Urkuy Wasi)

Inti Santi nos cuenta más sobre la relación entre los animales y la gente, en la comunidad de Sacha Wasi (“la casa de la selva”), donde pueden hospedarse hasta treinta personas.

Su collar está hecho de dientes de jaguar. “Siempre que alguien tiene un diente, una vértebra o una piel de algún animal en estas partes, es porque él mismo ha cazado al animal: ese es su poder”. Su voz baja un poco mientras confiesa que, cuando hace viajes ancestrales, se convierte en jaguar y muchos lo han visto convertido en este feroz cazador. Inti toma el tambor y empieza a cantar. La fogata crepita a su lado. En las comunidades kichwa, el fuego se mantiene siempre prendido para alimentar la fuerza vital de todos sus miembros.

Una carrera de juegos ancestrales

En esta misma ruta se corre “Camino de Líderes”, una carrera anual de dos horas a través de estos emprendimientos (la primera se hizo octubre, 2018). Además de correr, los participantes —organizados en equipos— deben pasar pruebas, como pegarle al blanco con la cerbatana, reconocer plantas medicinales, cruzar pistas de obstáculos e incluso atravesar lagunas con boyas. Además de resguardar y compartir el conocimiento ancestral, la actividad fomenta el trabajo en equipo. En la línea de salida cada equipo recibe un kit de primeros auxilios, la suerte o bendición correspondiente… ¡y a correr!

Danzas, maito y secretos

En Wayruri nos reciben las niñas y nos presentan al guacamayo del lugar, Runa. Con su plumaje turquesa, rojo, verde y amarillo escala el tronco del árbol usando su pico. Desde arriba grita “¡Hola!”

Dentro de la choza, Patricio, guía de selva desde hace más de 25 años, les pide a un grupo de extranjeros que presten atención. Ellos fijan su mirada en los hombres y mujeres de la comunidad bailando su danza típica: los hombres forman un círculo alrededor de ellas, mientras silban, tocan el tambor y gritan. Con cada grito, las mujeres que están en el centro cambian la dirección e intensidad de sus pasos. Es el baile de lo masculino, marcando dirección y potencia, mientras que lo femenino dicta el movimiento, la cadencia.

En Urkuy Wasi (la casa de la hormiga), nos invitan a almorzar. Al fondo de la choza comunal hay asientos con forma de animales: una tortuga, un armadillo, una serpiente… Aquí se sientan los hombres durante las ceremonias y las mujeres se mantienen de pie, sirviendo chicha. Mientras una niña pinta diseños geométricos en mi rostro (con achiote, claro), Clarita se acerca y nos sirve nuestra primera chicha.

Su sabor es ligeramente ácido, de color blanco lechoso y se sirve en pozuelos que en estas partes llaman “mocawas”. Cada mocawa tiene grabado en el fondo un animal, que nos entrega un mensaje al terminar la bebida ancestral: la mocawa nos elige.

Johnny, líder de la comunidad, nos reta a disparar la cerbatana. Disparar es un decir. Se trata en realidad de soplar con fuerza a través de una chonta hueca para que el dardo —untado con hierbas y frutas venenosas— salga volando directo al blanco. Johnny sonríe al verme pelear con la pesada chonta y fallar el tiro, ¡por solo medio centímetro!

Tiro a la cerbatana (Wayruri)

Luego llega el momento de bailar. Las mujeres vamos hacia un lado para prepararnos, y los hombres hacia el otro. Mientras a Claudia y a mí nos colocan coronas con plumas en la cabeza y faldas de paja sobre las caderas, Clarita nos cuenta “un secreto solo de mujeres”: el movimiento de ondeo que se hace en el baile es para alejar a los hombres, pues este es un baile de conquista.

Termina la música y, al mismo tiempo, la comida está lista. Luego del caldo de gallina criolla, viene un envuelto hecho con hojas de bijao, acompañado de yuca y ensalada. Al abrirlo, el aroma es impresionante: se trata de pescado, cocinado con sacha ajo y sal: el famoso maito (¡cuidado con las espinas!).

Justo antes del anochecer, llegamos a Lisan Wasi, comunidad que hoy está de fiesta. Van de casa en casa compartiendo bailes, chicha, carne de monte y otros manjares. Celebran San Pedro, la fiesta de los guerreros, según nos explica Juan, líder de la comunidad.

En la selva, la noche se vuelve inefable: el cielo se convierte en una infinita sábana violeta. Bajo las hojas enormes y con el sonido de los grillos, las constelaciones son fáciles de identificar y estrellas fugaces cruzan el firmamento. La selva nunca está quieta, jamás se silencia.

Maito (Lisan Wasi)

Columpios de aventura, cascadas encantadas y rescates silvestres

Luego de una reparadora noche de sueño nos dirigimos a Gringo Yaku, centro recreativo ubicado a veinte minutos en auto. Si lo que buscan son emociones extremas, este es el lugar.

El nombre no es aleatorio. Mientras la canoa avanza cruzando el río hacia la entrada del centro turístico, Oswaldo Guatatuca, uno de los anfitriones, relata la historia: hace como 200 años, hubo un extranjero que andaba en busca de oro. Contrató a Severo Vargas, un guía local, para adentrarse en la selva. Un buen día el guía, agotado, decidió descansar un poco. El cazador de tesoros, en lugar de quedarse, decidió explorar un poco… y nunca más lo volvieron a ver. Los chamanes lo buscaron en los planos astrales y finalmente dieron con la cueva donde había ingresado. Llamaron para que regresase, pero no escuchó. La entrada a esta cueva se cerró de pronto y el visitante quedó atrapado en su interior para siempre “cuidando la selva”.

Remigio Toscano Vargas, ex combatiente de la Guerra del Cenepa y entrenador de navegación del ejército Iwia, nos lleva por el proyecto. Está divido en tres estaciones: la de bienvenida (que incluye cruzar el río y beber guayusa), la del yachak y la de aventura extrema.

Luego de un buen desayuno con verde, café y seco de carne, llegamos a la segunda estación, la de Franklin Murial, el yachak o chamán de la comunidad. Este hombre sabe cómo curar dolencias mezclando cortezas, frutos y hojas en tés, cataplasmas y tinturas. Son muchos los que vienen a buscar su medicina que, como él mismo señala, “no es inmediata porque cura el problema de raíz”.

Nos cuenta de los usos de algunas plantas y viene entonces la limpia: una escoba de hierbas que pasa por el cuerpo mientras fuma tabaco. De acuerdo a cómo se quema, Franklin sabe cómo está la energía vital del consultante. Luego de hacerme sus recomendaciones (las que, me dice, son solo para mí), sopla agua florida en mi dirección.

Una vez equilibrados, entramos en la selva. Remigio nos guía por el bosque primario. Va primero, por si encuentra serpientes (no olviden sus botas de caucho). Llegamos a una cascada de cinco metros, el sitio donde “se perdió el gringo”. Subimos a una planicie, pero el descanso dura poco: aquí, en la cima del recorrido, está instalado un columpio extremo, con seguridad de alta gama.

Una vez puesto el arnés, nos subimos a la plataforma, sostenemos el aliento con un grito atravesado en la garganta, nos columpiamos sobre la selva. El impulso termina minutos después, con una sensación de libertad en el pecho. Ello nos introduce a la estación de descanso y diversión: un parque natural con una laguna de 4 m de profundidad donde puedes nadar con boyas, colchonetas o salvavidas (para niños). Tiene restaurante, bar, baños, canchas y espacios cubiertos a disposición.

Contacto

Para visitar la ruta, es importante hacer la reserva con anticipación:

Claudia Álvarez

(+593 9) 7909 3065

FB: Apu-Purina Camino de Líderes

Tamandúa

Sugerimos también visitar Tamandúa, un centro de estudio y liberación de vida silvestre vinculado al Centro de Rescate Yanacocha, ubicado en la ciudad de Puyo. Este proyecto busca reinsertar a las especies silvestres rescatadas a su hábitat natural. La adaptación se hace en Yanacocha, y las especies son luego liberadas en Tamandúa, donde un equipo de expertos y voluntarios los monitorean. La comida es excelente y ni hablar de su cómodo hospedaje.

Además, podrán conocer a Jorge, yachak shuar, quien los guiará por los senderos, contando leyendas de su pueblo e identificando las plantas útiles de la selva. Una cascada de 20 m y agua purificadora —un verdadero masaje natural— espera como recompensa al final de camino.

Todos parecen lugares remotos, pero no lo son tanto: aquí la globalización hace lo suyo. La vida cotidiana ha cambiado, las comunidades ya no visten todos los días su ropa tradicional y ciertas ceremonias, que también fueron diarias, ahora se hacen cada ocho a quince días. Ya no hay guerras a punta de cerbatana entre las tribus; ahora enfrentan otro tipo de enemigos: extracción petrolera, mineras, hidroeléctricas, monocultivos, tala indiscriminada….

Mientras la carretera se pierde detrás de mí, se hacen cada vez más pequeñas las casas comunales. Esta ruta es un enorme umbral: un lugar donde el mundo se hace más pequeño, enfrentado por la inmensidad de su selva, pero un lugar que viene de leyendas remotas y está ahora a ninguna distancia, presta para mostrar sus singularidades, sus preparados medicinales como el chuchu-wasi de corteza y trago para aliviar las dolencias, sus tambores hechos de cuero de mono, sus mujeres que cantan para que la yuca crezca fuerte, sus cuentos del wito, un tinte natural negro con el que se solían pintar las caras. Hoy en día, esto se reemplaza con achiote porque se limpia más fácilmente.

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