Antisana: observatorio glaciar

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A solo 60 km de Quito (una hora, una hora quince) nos encontramos frente a uno
 de los lugares más especiales del planeta: el volcán Antisana. Primero está el Cóndor Andino; un antiguo flujo petrificado conocido como Antisanilla, al pie del volcán, es hogar de una de las comunidades más importantes de esta especie, el ave voladora más grande del mundo.

Luego está todo lo contrario, lo que el biólogo francés Olivier Dangles denomina “el oso polar” de los Andes: una mosca. En las aguas turbias que se deslíen del glaciar, existe una biodiversidad importante de especies, incluyendo la existencia de una mosca altamente endémica (hallada únicamente en aquéllos riachuelos).

Estas aguas se unen a aguas menos turbias, con menor biodiversidad, y a medida que cambia la composición del pequeño riachuelo —que sigue su camino
 por la ladera andina— se van revelando las dinámicas ecológicas ocasionadas por el derretimiento de los glaciares.

Antisana un privilegio para glaciólogos, para ecólogos, para científicos y un verdadero patrimonio de la ciencia para el mundo.

Antisana es un termómetro de la biodiversidad andina. Es también, un espejo del cambio climático. Científicos del mundo han hecho de este gran nevado el laboratorio glaciar más antiguo de los trópicos, un observatorio que ha revelado la realidad del hielo andino por más de 25 años de estudio.

Compartimos con ustedes dos artículos de nuestro archivo sobre este hermoso nevado ecuatoriano.

Great Ice

por:David Parra

Al contemplar los nevados que custodian nuestro horizonte, inevitablemente buscamos indicios que refuten lo innegable: que cada vez hay menos hielo. Retornan, entonces, las historias de viejos andinistas que en los 1950 subían con crampones y probaban su suerte con esquíes en nevados como el Carihuairazo. Hoy, como tantas otras montañas, ésta se ha quedado sin nieve.

En las últimas décadas, con la misma velocidad que se derrite el hielo, se ha desarrollado su estudio. Actualmente, existen  técnicas que permiten exprimir información a los glaciares sobre su relación con el clima presente, pasado y futuro. Gracias a fotografías aéreas, perforaciones, mediciones y análisis podemos reconstruir la historia de los glaciares andinos y elaborar proyecciones.

Sabemos que representan sólo una ínfima parte de lo que los glaciólogos llaman la «criósfera», la cobertura de hielo sobre el planeta. Pero su estudio ha revelado una alta sensibilidad a los cambios climáticos, lo que les convierte en excelentes indicadores.

Esta ha sido la señal más evidente del calentamiento global para quienes habitamos en la zona equinoccial del mundo. Mis hijos ya no saben lo que es una helada; yo las recuerdo como novedades ocasionales, mientras que, para mis padres, eran parte cotidiana del camino a la escuela.

Desde hace más de 20 años el IRD inició el proyecto Great Ice de monitoreo de glaciares de los Andes tropicales, en cooperación con socios locales como el INHAMI y la EPN. El proyecto en Ecuador realiza investigaciones periódicas en varios nevados y ha implementado un verdadero laboratorio de altura en el Antisana.

Allí se han instalado equipos que miden los signos vitales de dos de sus glaciares, así como datos climáticos y caudales de los arroyos que nacen a sus pies. Dos veces al mes los científicos toman muestras, apuntes y mediciones sobre el terreno.

Gracias a estudios como este, hoy sabemos que los glaciares andinos se mantuvieron estables hasta inicios del siglo XX y que, a partir de la década de los cincuen- tas, iniciaron un claro retroceso. A fines de los setentas, éste se aceleró dramáticamente.

A parte de la nostalgia que cargaremos
los ancianos de entonces, habremos perdido un aspecto fundamental de nuestra oferta turística y, sobre todo, de nuestras provisiones de agua.

Se estima, por ejemplo, que el 4% del agua que succiona Quito cada día depende directamente de los glaciares de los volcanes Cayambe, Antisana y Cotopaxi. Es decir, unos 300 litros por segundo: mucho más que una preocupación romántica…

Quizás estemos a tiempo…

por: Bernarda Carranza

Rubén Basantes llegó de Francia apenas terminado su doctorado en glaciología para poner en práctica la geodesia pura y dura y medir. Así, mediría las fluctuaciones del hielo y después interpretaría cómo el clima interviene en el comportamiento del glaciar.

“Simplemente pensar que el hecho que el glaciar retroceda (o pierda hielo) no es suficiente para decir que el cambio climático está afectándolo,” explica Basantes, “hay que usar más variables como
el balance de masa: cuánto pierde de hielo en la parte baja del glaciar versus cuánto gana de masa por precipitaciones sólidas en la parte alta… la comparación de ambos te da ese balance… Y para ello, debemos considerar los datos geodésicos.”

Utilizó herramientas geodésicas como imágenes satelitales y GPS, al igual que datos de precipitación y variables climáticas entre 1950 y 2012 para su estudio. Adaptó informa- ción histórica a las herramientas actuales para darle un “tratamiento digital” y un año y medio después, obtuvo sus primeros resultados.

Antes del estudio se había sobrevalorado la pérdida de masa de los glaciares. Se creía
 que se había perdido casi un metro por año. Con los datos geodésicos resulta que, si bien existen pérdidas de masa, éstas se reducen solo 25 cm al año, lo cual es casi tres veces menos de lo que se creía inicialmente. Algunos dirán: “todo bien, los glaciares no se están retrocediendo”.

En su tesis doctoral, estudió 9 glaciares de 17 del Antisana, con el objetivo de identificar la influencia climática y de dónde proviene.

Pero Rubén insiste, no es la interpretación correcta. “Durante los últimos 20 años debe haber un proceso de aumento de precipitaciones en la cordillera que hace que lo que pierde el glaciar en la zona baja en volumen de agua sea compensado en la parte alta, con estas precipitaciones. El problema es que no tenemos datos meteorológicos a esa altura, que nos permitan confirmar la hipótesis.”

Nuestra naturaleza
 es sumamente adaptable, y su capacidad de hallar equilibrio frente al cambio es fabulosa… la evidencia de esta compensación glaciar es un gran ejemplo. Pero la masa sí está disminuyendo 25 centímetros.

Basta pensar en un cubo de hielo en el agua. Cuando empiezas a beber, sigue visible y mantiene la bebida fría, pero a medida que se reduce en tamaño, lo hace a un ritmo exponencial. Al final, prácticamente puedes ver como desaparece en segundos. Estos 25 centímetros son sólo una buena noticia si sabemos tomarlo como una alerta positiva.

Quizás tenemos más tiempo de lo que creíamos. Quizás podemos todavía decir “es ahora o nunca”.

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