Aguas abajo, aguas arriba

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Cuenca es la historia de cuatro ríos. Ellos corren de oeste a este en su odisea a través del continente para desembocar en el Océano Atlántico. Son como, sobre su palma abierta, las líneas de la vida, la salud, el destino y el corazón de Cuenca, y conforman la referencia icónica número uno de la ciudad —Santa Ana de los Cuatro Ríos —cómo la llamaron los españoles.

Han sido adornados en su gorgoteo contenido por la tupida vegetación orillera con paseos especialmente concebidos para la recreación, el recogimiento, incluso la meditación, a la sombra de robustos árboles endémicos y bancos de hierba, donde la actividad central de observar como el agua rueda en un casi imperceptible descenso cuesta abajo, se lo vive con admiración, quizás indiferencia, acaso un éxtasis espiritual.

Algunos puntos a lo largo del camino invitan a disfrutar
del tiempo en familia, con resbaladeras y otros juegos públicos, mientras que otras áreas están contorneados con adoquines y bancos, esperando que la gente haga uso de ellos (aunque la mayoría prefiere recostarse en la hierba, mirando el ciclo interminable del agua espumosa que se forma al chocar con innumerables cantos rodados). Cuenca es sus ríos.

El insigne es el Tomebamba, el cual, durante la colonia, se lo conocía como San Julián el Matadero. El nombre pinta la violenta imagen de reses sacrificadas a lo largo de sus orillas, por supuesto algo que poco tiene que ver con su serenidad. Numerosos puentes cruzan el río, volviéndose más modernos a medida que se van restaurando, uniendo el Centro Histórico con la ciudad nueva. También la iluminan luces nocturnas creadas a lo largo de las riberas de los ríos y varios sitios de esparcimiento donde uno puede pedir un café o algo sencillo de comer.

Vida en el río.

Hacia el oeste, a lo largo de la avenida Pumapungo, se llega a la confluencia de los ríos más importantes de la ciudad, la unión del Yanuncay y el Tomebamba, lo que también conforma el parque más grande de Cuenca, Parque Paraíso. Consta, entre otras cosas, de bellos y sencillos jardines, pequeñas cercas de piedras delimitando diferentes sectores del parque y una larga pasarela elevada de madera que destaca el hermoso entorno natural y escolta el cauce del río con sus enormes cantos rodados y algunos de los árboles más altos de Cuenca.

También te darás cuenta de carteles de advertencia que leen «niños jugando», un reloj con horarios internacionales bastante colorido y peculiar, y una ciudad entera que gira alrededor a lo largo de las calles periféricas.

El Yanuncay, que básicamente termina su viaje desde las alturas del Parque Nacional El Cajas para prestar sus aguas al Tomebamba, es similar en tamaño, pero más natural en esencia, con menos lugares de visita pero gloriosos paseos a
la vera de un río que se pasea entre sombras. Su monumento, por así llamarlo, se encuentra al final de la avenida Fray Vicente Solano, lo que algunos dicen fue concebido tal cual el Champs-Elysees 
de París.

Su Arco del Triunfo sería pues el puente triple: en sí, dos puentes modernos construidos en torno a un deteriorado colonial que nadie se atrevió a demoler. Sin duda, dice mucho del alma preservadora de los cuencanos. A una corta distancia al norte, sobre la Solano, se puede visitar una galería de Metales (objetos preciosos) o laIglesia de la Virgen del Bronce, visible sobre una pared de piedra y adobe, cuya imagen sagrada fue la primera hecha en bronce en toda la ciudad.

El río Tomebamba. Foto: Yolanda Escobar.

A lo largo del Paseo del Río Cuenca, somos testigos de una nueva unión entre el Tarqui y el Yanuncay. Si bien a lo largo del Yanuncay, se han formado zonas residenciales, el río Tarqui llega a la ciudad desde el sur, y siguiendo su curso aguas arriba uno incursiona fuera de la ciudad, a los suburbios y zona rural. Para muchos cuencanos, sus aguas más profundas sirvieron para aprender a nadar.

Si bien estos tres ríos le dan fuerza al Tomebamba en su camino al este, un cuarto río, el Machángara se les une. Este curso de agua periférico anima a los sectores más populares del norte de la ciudad. Los cuatro ríos entonces terminan formando un nuevo río, la suma de todos, el Cuenca (que irónicamente no está en la ciudad).

Los ríos dan un aire de paz y estabilidad. Por supuesto, de vez en cuando, estas fuerzas vivas deciden expresarse de otra manera; se convierten en raudales que las lluvias azuzan y convierten en turbulentas aguas que causan más de un estrago a la población. La historia de la ciudad está marcada por calamidades causadas por su furia. Sin embargo, el carácter fluvial de Cuenca no deja de ser una metáfora de la permanencia del movimiento, ofreciendo un constante recordatorio de que la vida debe aprovechar, siempre, su ritmo natural.

Momentos junto al río.

La mayoría de las experiencias de naturaleza en Cuenca están dominadas por estos hermosos cursos de agua. Ellos dieron nombre a la ciudad, marcaron su desarrollo, determinaron su historia, influenciaron el carácter de sus ciudadanos, y sin duda, establecen, también, un rumbo hacia el futuro…

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